Programa 289 (1 Marzo 2026): Azucena Maizani

 

Nacida en Buenos Aires el lunes 17 de noviembre de 1902, Azucena Josefina Maizani fue — ¡y será! — una de las más recias y recordadas mujeres que dio nuestro Tango. Dueña de una voz con temple de arrabal y ternura de patio colonial, fue gran intérprete y acaso mejor letrista y compositora, artífice sensible de páginas que todavía hoy laten como un bandoneón en la penumbra.

Fue protagonista de la transición gloriosa: del tango de salón, aquel de tríos y sextetos de los años veinte, a las orquestas refinadas y melódicas que en los treinta marcaron la modernidad sonora de nuestra música ciudadana. Supo ceñirse al nuevo compás sin perder su estampa criolla, aunque el tiempo — tirano del aplauso — comenzara en los cuarenta y cincuenta a correrle el telón en su veta interpretativa. Mas sus creaciones, ésas no conocieron ocaso: quedaron para siempre en el repertorio popular de aquellas décadas brillantes del tango rioplatense.

Como si el destino de las dos orillas hermanas la reclamara para el canto, con apenas cinco años partió con su familia a la Isla Martín García. Allí, entre brumas de río y silencios de frontera, forjó el carácter que luego habría de imponer en los escenarios porteños. De regreso a Buenos Aires, ya empleada como modista, comenzó a cantar por afición, hasta que una noche providencial el maestro Enrique Delfino la escuchó y, comprendiendo que aquella voz no era de sobremesa sino de teatro grande, la presentó en el Teatro Nacional.

Su debut llegó con el sainete Padre Nuestro, de Alberto Vaccarezza. Interpretó el tema principal con tal brío que el público, rendido, pidió cinco bises — ¡cinco! — cifra inaudita en las tablas argentinas. Desde entonces, la Ñata Gaucha fue estandarte y orgullo.

Llevó su suceso a Europa, paseó su figura por escenarios ilustres y conoció los claroscuros del corazón en sonados escarceos con galanes de la noche porteña, entre ellos el gran violinista Roberto Zerrillo. En 1938 emprendió su última gran gira: los Estados Unidos, de la mano del notable Terig Tucci, músico que acompañara al inolvidable Carlos Gardel en sus triunfos con la Paramount. Pero al regreso, la estrella comenzó a velarse: los años cuarenta traían otro pulso, otra estética, y Azucena ya no era — ni quería ser — la de antes.

En 1966 la fulminó el rayo de una apoplejía. Desde entonces su salud fue declinando, como farol que se apaga en la madrugada. Y así, casi olvidada por las marquesinas ingratas, partió un caluroso jueves 15 de enero de 1970. Mientras en la Ciudad Feliz veraneaban los Campanelli y en las radios sonaba Las olas y el viento en vez de Pero yo sé, el país iniciaba un camino enloquecido entre la represión y los más lindos sueños del pueblo.

Pero las voces verdaderas no mueren. Permanecen suspendidas en el aire del recuerdo, tercas y luminosas.

Hoy la evocamos como se merece: no con silencios, sino con música. A través de sus más grandes creaciones, que siguen girando — obstinadas, sentimentales, eternas — en el corazón porteño.

Hoy escuchamos / Today we listened

  1. Yo soy milonga, señores

  2. Pensando en ti

  3. Remigio

  4. Pero yo se (Maizani)

  5. Pero yo se (D’Agostino-Vargas)

  6. Yo tuve un cariño

  7. Alma en pena

  8. La canción de Buenos Aires

 
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